martes, 24 de febrero de 2009

LA GLORIA

Hace poco, con ocasión de la posesión de Barak Obama, cuando escribí sobre Ann Nixon Cooper, tuve un momento de reflexión sobre lo que significa la fama, el renombre, la celebridad, la popularidad, la gloria….

La gente ama la gloria y el reconocimiento, viven en pos de ella. La gloria y el reconocimiento son sueños permanentes del ser humano. Los políticos se mueren por una mención en la historia o, aunque sea, una placa conmemorativa de alguna obra pública en donde su nombre permanezca estampado por años. Los deportistas están siempre dispuestos a realizar actos sobrehumanos para lograr medallas que los inmortalicen. Los artistas luchan con sus dones para llegar a la cima y dejar una huella indeleble que sea exhibida eternamente en el Louvre, D´Orsay, el Prado, el National Gallery de Londres o en el Hermitage. Los escritores hacen lo propio, siempre con el premio Nobel en el centro de sus aspiraciones porque saben que ese galardón hará perdurar sus nombres más allá en el tiempo. Parecido podríamos decir de todas las profesiones y de toda la humanidad. En fin, el hombre común y corriente también desea ser famoso, aplaudido, recordado, abordado para un autógrafo, admirado en las calles y admirado, generación tras generación. Y esto no está mal. Lo que pasa es que esa inmortalidad y gloria en las que sueñan todos es sólo, en realidad, brizna, desde la óptica de Dios pues El dice que todo mortal es como hierba, y toda su gloria como flor del campo; se seca la hierba y se cae la flor, pero la palabra del Señor permanece para siempre.[1] Y si eso dice Dios, entonces eso es verdad.

Podría darles miles y miles de nombres para ilustrar esta eterna afirmación pero voy a citarles apenas unos cuantos escogidos al azar. Empecemos con algunos políticos (curiosamente los políticos son los más recordados) gringos: Franklin Pierce, Millard Fillmore, Chester Alan Arthur, Benjamin Harrison y William McKinley. Podría, sin necesidad de encuestas e investigaciones, afirmar que el 99% de los que leen esta nota ¡no recuerdan quiénes son ellos! Pues bien, ellos, todos, fueron presidentes de Estados Unidos. Sí, así como Obama. Tan conocidos en sus épocas, tan alabados en su tiempo. Hoy, sus nombres aparecen en la honrosa lista de presidentes de la nación más poderosa del mundo, recordados por un porcentaje muy bajo, aun dentro del grupo que más debían recordarlos: sus compatriotas.
Y ¿quién recuerda hoy a John Steinbeck, Pearl S. Buck, Selma Lagerlöf, Gerhart Hauptemann, Verner Von Heidenstam y Sinclair Lewis? Si usted es profesor de la materia en alguna Universidad debería tenerlos presentes a todos, pero estoy seguro de que los demás mortales si se acuerdan de uno, no se acuerdan de dos. Todos ellos fueron premios Nóbel de literatura no hace más de 100 años.
Mucho menos se acordarán ustedes de los nombres o de las obras de Francesco Todeschini Piccolomini, Bernabé Chiaramonti, Juan María Mastai-Ferretti, Joaquín Pecci, José Sarto, Francesco della Chiesa y Giacomo Gianbattista della Chiesa, etc. (podría mencionar otros 100 por el estilo), a no ser que usted haya pasado por un seminario católico, pues todos fueron Papas en los últimos 500 años.
Qué decir de nombres como Larisa Latynina, Vera Caslavska, Sawao Kato, Nicolai Andrianov (para no citar sino un poco de los casos deslumbrantes en esta modalidad), los cuales hoy sólo recuerdan algunos periodistas deportivos. Ellos fueron todos de los más destacados medallistas de oro en todos los tiempos, en la modalidad más admirada de los juegos olímpicos: la gimnasia.
Bueno, y así podría seguir escribiendo páginas y páginas de nombres de “celebridades” que después de disfrutar de toda la popularidad y la gloria, han sido relegadas por el tiempo a lugares empolvados y enmohecidos de los anaqueles de nuestra historia humana.
Esa es la gloria de los hombres. Un destello insignificante en la inconmensurable magnitud del universo, ante la aplastante concepción de la eternidad.
¿Es usted ahora Presidente de algún país, Rey, Primer Ministro, Gobernador, Alcalde o ejerce algún cargo de autoridad? ¿Tiene periodo o gobernará para siempre? Dios tiene algo que decirle al oído para que siempre lo recuerde: “¿Acaso vosotros no lo sabíais? ¿No os habíais enterado? ¿No se os dijo desde el principio? ¿No lo entendisteis desde la fundación del mundo? Él reina sobre la bóveda de la tierra, cuyos habitantes son como langostas. Él extiende los cielos como un toldo, y los despliega como una tienda para ser habitada. Él anula a los poderosos, y a nada reduce a los gobernantes de este mundo. Escasamente han sido plantados, apenas han sido sembrados, apenas echan raíces en la tierra, cuando Él sopla sobre ellos y se marchitan; ¡y el huracán los arrasa como paja!”[2].
Por eso, desarrolle usted la actividad o la profesión o el oficio que desarrolle, lo mejor es no tener como meta última su propia gloria. Le prometo que le será mucho más provechoso, en todo caso, seguir el consejo del más sabio cuando dice que todo lo que hagamos, debemos hacerlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres. [3] Atrévase a darle toda la gloria al Señor Dios Todopoderoso en todo lo que usted realice y le aseguro que su recompensa será millones de veces más gratificante que la de una gloria tan pasajera, sencillamente porque cosas que ningún ojo ha visto, ningún oído ha oído y ninguna mente ha concebido son las que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman. [4] “Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, la victoria y la majestad. Tuyo es todo cuanto hay en el cielo y en la tierra. Tuyo también es el reino, y tú estás por encima de todo. De ti proceden la riqueza y el honor; tú lo gobiernas todo. En tus manos están la fuerza y el poder, y eres tú quien engrandece y fortalece a todos. Por eso, Dios nuestro, te damos gracias, y a tu glorioso nombre tributamos alabanzas”.[5] Y estas sí son verdades eternas.

[1] 1 Pedro 1, 24
[2] Isaías 40, 21 a 24
[3] Colosenses 3, 23
[4] 1 Corintios 2, 9
[5] 1 Crónicas 29, 11 a 13

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