Hay abundante literatura sobre la fecha del nacimiento de Jesús, pero en la Biblia nunca se menciona dicha fecha con exactitud. Algunos dicen que fue en marzo, otros en primavera, otros antes de empezar las lluvias de octubre, otros más osados el 29 de septiembre del año 2 A.C., etc, etc; pero lo que podemos concluir es que todo indica que la fecha de nacimiento de Jesús no podría ser el 25 de diciembre por varias razones que no nos detendremos a analizar. Simplemente traigamos a colación lo que escribió Joseph Mede en 1672: “Cuando ocurrió el nacimiento de Cristo, toda mujer y todo niño iban a ser censados en la ciudad a la cual pertenecían, a algunas de las cuales habían largas jornadas; pero a mediados del invierno no era la época apropiada para tales asuntos, especialmente para una mujer embarazada ni para que viajaran los niños. Por tanto, Cristo no pudo nacer en la mitad del invierno. Además, en el tiempo de nacimiento de Cristo, los pastores permanecían afuera para cuidar sus rebaños en las horas de la noche, pero no era probable que ocurriera esto a mediados del invierno. Si alguien cree que el viento en invierno no era tan difícil de soportar en estas regiones que recuerde las palabras de Cristo en el evangelio: ´orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno´. Si el invierno era un tiempo tan malo para huir, parece que no era un tiempo adecuado para que los pastores permanecieran en los campos ni para que viajaran las mujeres y los niños”. Esto lo escribió Mede pues recordemos que las Escrituras nos enseñan en Lucas 2 del 8 al 12: “En esa misma región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, turnándose para cuidar sus rebaños. Sucedió que un ángel del Señor se les apareció. La gloria del Señor los envolvió en su luz, y se llenaron de temor. Pero el ángel les dijo: "No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: Encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Y si el nacimiento de Jesús no fue el 25 de diciembre, ¿por qué razón lo conmemoramos en esa fecha? Al parecer la primera vez que se mencionó el 25 de diciembre como la fecha en que Jesús nació fue en el Calendario de Filócalo, en el año 354 D.C. Posteriormente esa fecha del 25 de diciembre fue aceptada oficialmente por los padres de la iglesia como la fecha oficial del nacimiento de Jesús en el año 440 D.C., al parecer como un “sincretismo” con la fiesta de la Saturnalia celebrada en el Imperio Romano por la época del solsticio de invierno, lo que convierte a estas festividades para algunos en “fiestas paganas”. No dudo que esta temporada del año es para muchísima gente una época de parranda, de tomata, de compras, de regalos, de esparcimiento y de baile sin ninguna consideración al nombre de Cristo.
Bueno, pero dejémonos de teorías y concentrémonos en lo fundamental. Y lo fundamental es que en esta época celebramos o recordamos el acontecimiento más importante de la humanidad: el nacimiento de nuestro Salvador y Redentor, el Señor Jesús, el mismo Dios Creador hecho hombre. Este es el punto. La Biblia dice en Juan 1, 1 y siguientes: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. ¡Dios mismo entre nosotros! “El misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria…” (Colosenses 1, 26).
humanidad de un hombre tan santo, tan noble, tan misericordioso, tan sabio, tan inteligente, tan influenciado por los más altos propósitos, tan impecable. Carnegie Simpson escribió: “Si leyéramos su nombre en un lista que empezara con Confucio y terminara con Cervantes sentiríamos que sería más una ofensa a la decencia que a la ortodoxia. Jesús no es tan sólo un miembro del grupo de los más grandes. Podremos hablar de Alejandro el Grande, de Carlos el Grande y de Napoleón el Grande, pero Jesús se mantiene aparte. Jesús no es el grande, es el Único… Charles Lamb una vez dijo que si Shakespeare entrara en esta habitación, todos nos levantaríamos para saludarlo, pero si Jesús entrara todos caeríamos al suelo y trataríamos de besar el borde de sus vestidos”. Napoleón Bonaparte dijo de El: “Yo conozco a los hombres, y les puedo decir que Jesucristo no era un simple hombre. Entre Él y cualquier otro ser humano en el mundo entero no existe punto de comparación posible. Alejandro, César, Carlomagno y yo hemos formado imperios. Pero, ¿sobre qué descansan estas creaciones? Sobre la fuerza. Jesucristo fundó su imperio sobre el Amor; y en este momento hay millones de personas listas a morir por El”. Podríamos citar a muchos más, creyentes y no creyentes enemigos de Jesús y la conclusión sería la misma: Jesús es sobre todo. Hizo lo que nadie más ha hecho ni podrá hacer: derrotar el enemigo más temido de los hombres: la muerte. Pronunció las palabras más profundas y más grandes que cualquier ser humano pueda oír. Tanto que EL mismo dice: “Cielo y tierra pasarán, pero Mis Palabras no pasarán” (Lucas 21, 33). Hoy sus palabras son la más leídas, las más creídas, las más seguidas, las más amadas, las más publicadas, las más traducidas, las más hermosas, las más extraordinarias, las más influyentes. Jesús es el más influyente personaje de la historia, pues sin armas, sin poder político, rechazado por la mayoría de su pueblo en su época, sin las extravagancias de cualquier multimillonario, pasó de ser un guía espiritual de 12 hombres a ser el único Dios reconocido de miles de millones de personas. Desde su existencia como hombre en este mundo hasta hoy no ha habido ningún ideal moral nuevo expuesto por alguien más. El satisface como ninguno las necesidades espirituales de los hombres. Sin creer en El, el universo y la vida se convierten en algo vacío, triste, frío, sin esperanza, sin propósito. Creyendo en El toda la historia, el universo, la vida tienen una explicación satisfactoria, un eterno propósito. Este es el Jesús que celebramos en las navidades. El mismo Dios creador del cielo y de la tierra y de todo lo que en ellos hay que se hizo hombre, habitó entre nosotros y satisfizo Su propia justicia al pagar el precio de nuestros pecados, sufriendo esa horrible muerte de cruz para consumar su más precioso regalo a la humanidad: la salvación. Lo hace por Amor, para que los que en EL creamos no muramos mas tengamos vida eterna (Juan 3, 16). Es su condición para salvarnos: creer en El, poner toda nuestra confianza en EL, dejarlo entrar a nuestro corazón como Señor y Salvador, y arrepentirnos de todo lo que hemos hecho contra El. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros pues es don de Dios; no por obras para que nadie se gloríe” (Efesios 2, 8 a 9). Si usted no ha dado ese paso aún, Dios le dice “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Corinitios 6, 2). Si usted no ha dado ese paso aun, le animo a que aproveche esta navidad para celebrar a Jesús de la manera en que El lo está esperando: entregándole su corazón y su vida. Rindiéndose completamente a El. Sólo le bastará pronunciar en voz audible la siguiente oración, haciéndolo de todo corazón: “Maravilloso Jesús: Te acepto en mi corazón como mi Señor y Salvador, como mi único Dios resucitado y vivo. Acepto, Jesús, el regalo hermoso de la vida eterna que me ofreces. Me rindo a ti. Confieso con mis labios que Tú eres el Señor y creo en mi corazón que Dios te levantó de entre los muertos. Me someto a Tu Palabra y te pido que gobiernes de ahora en adelante mi vida. Me arrepiento con sinceridad de todos mis pecados, de todo lo que he hecho contra ti, de todo lo que he hecho que te desagrada. Gracias por tu perdón y tu perfecto e infinito Amor. En el nombre poderoso de Jesús. Amen”.





